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cogito, ergo sum

Si deseas algo con mucha fuerza puede hacerse realidad.

Lo has oído tantas veces que por reiteración casi lo has aceptado, pero en realidad, sigues sin creerlo. ¿Cómo sería eso posible? El devenir del destino a merced de los deseos de una simple persona. Nuestra determinación llegando a influir más allá de nuestra propia elección. Exteriorizar fervientemente un deseo propio, egoista de una vida insulsa en comparación con el resto del mundo, pudiendo cambiar el consiguiente porvenir. Solo de pensarlo uno tiene la tentación de ridiculizarlo y reprochar que eso es imposible. Esa reacción forma parte de nuestra condición humana. Al igual que lo es, tener siempre la negación por respuesta a todo. El no es la única palabra que no nos comporta razonamiento alguno. Sale sin pensar. Partimos de la negación para valorar si luego, después de haberlo negado, puede ser posible. Es nuestro origen.
No. Es imposible. No es verdad. No lo sé. No puede ser. No. Nunca.

Lo que no conocemos, nos asusta. Lo que no controlamos, nos asusta. Lo que no hacemos nosotros mismos, nos asusta. Asustadizos de prácticamente todo, ¿cómo nos tomaríamos el hecho que nuestro pensamiento fuera mucho más que un conjunto de neuronas trabajando? Por un momento practiquemos el ejercicio inverso. Partamos de la afirmación. Asintamos a todo como si todo fuera posible, y neguemos, solo después de haberlo analizado con el máximo detenimiento.

Y ahora, partamos del pensamiento, no como un conjunto de razonamientos propios de nuestra mente. Partamos del hecho que aquello que pensamos, proyectamos, imaginamos o deseamos, genera una energía invisible que transmuta fuera de nuestro cuerpo. Que cuanta más determinación tiene ese pensamiento, más fuerza dispone la energía emanada. La de todos.

La proyección externa, se transforma formando parte de una orbe común. La energía de uno es capaz de mutar la de otros. Y la de otros la nuestra propia. Es un vínculo sellado por múltiples pensamientos. En tal interacción, transferencia y evolución de un universo energético generado sin fin, ya no cuesta tanto de creer en el poder de mutar la realidad que nos envuelve. Porque la realidad es la que nosotros hacemos. La que deseamos. La que anhelamos y amamos. Pero también la que odiamos. La que ocultamos y la que tememos. Con la proyección adecuada, todo es posible.

No somos aquello que tenemos, decimos o hacemos. En realidad, somos mucho más. Somos aquello que pensamos, y lo que piensan los demás.

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conexión

Todo está conectado entre sí.
Cada rastro en el camino, por pequeño que sea.
Cada fracción de vida. El tiempo, el pensamiento, el amor, el dolor. La muerte.
Todo lo que importa, y lo que no. Lo desconocido. La verdad, y la mentira que la esconde.
La piedra inerte en la que nadie repara, y el agua que se hace invisible.
El recién nacido, el niño que ha dejado de serlo y el anciano que añora volver a nacer.
Los amantes que se devoran como lo hace el tiempo con el mundo.
Aquellos labios que besaste apasionadamente. Y los que nunca besaste.
El libro que hubieras querido leer, pero que nadie escribió.
El baile con aquel desconocido que nunca volviste a ver.
Quién quisiste ser, truncado por quien eres.
La sombra y la luz.

Todo. Absolutamente todo, está conectado.

La vida es un juego.
Nadie sabe cuando empezó la partida, ni el abasto de su tablero.
Cual la música que sonó por primera vez, y la que lo hará al acabar.
Cuando terminará, si es que lo hace.
Un juego perfecto que escapa a cualquier comprensión.
La suerte. El azar. El engaño. La humanidad. Hasta lo que nos hace poco humanos.
Un juego de locos. De pasión. De meditación. De valientes y cobardes.
Un juego. Nada más que un juego, por el que no hay que preocuparse.
Nadie sabe jugar. Aunque unos aparentan hacerlo y otros fingen estar por encima de ello. Todos juegan, y son pocos los que son conscientes de ello.

Tú, eres la conexión de todo. Y todo, la conexión de cada uno.
Es un juego. Solo un juego. Y te toca lanzar.

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Poético

Acariciar tus pechos me ayuda a tocar el cielo. Tus labios, el sabor a mar que nos vio nacer. Tu mano acariciando la mía, la unión mística entre dos mundos distintos. Tan distintos, que uno vive en el otro y el otro en el uno. Tan dispares, que son el mismo aún no serlo.

Tu olor mi droga más ferviente. Tu vida mi bien más preciado. Más que la mía propia. Que ni es mía, ni es propia. Solo tuya.

El sol sigue, y brilla intenso, pero es tu cuerpo el que calienta mi cuerpo. El que me da la vida. El aliento de mi última respiración. Tú, el sentido de la sinrazón, y la razón de todos mis sentidos. Aún ser inconfesables. 

Quien sacude mi pasión a su antojo cuando mi piel pide tu piel. Entonces lo sé. La vida no la mide el tiempo, sino los jadeos susurrados al oído. Aquellos que no consigo olvidar. Mi respirar me mantiene vivo, pero es el tuyo el que me hace sentir como tal.

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Poético

nocturnis

Tantas noches he pasado sin poder conciliar el sueño. Tantas horas muertas pensando en cualquier cosa que pudiera devolverme cierta cordura. La suficiente para poder estar convencido que todo va bien. Que se fueron. Que se van. Que se irán. Pero que todo va bien. 

Que no importan las ausencias, sino las compañías que permanecen. Todo aparece y desaparece. Y todo, es todo. 

Que no gobiernan nuestros pasos los errores cometidos, sino las acciones que emergieron de nuestra elección más sincera. Hasta lo que no hice fue porqué elegí no hacerlo. Así fue, aunque hoy me pese no haberlo hecho.

Que día que pierdo hoy, sabiendo lo que hoy sé, pesará más que los menospreciados de ayer. Porqué ahora, sí soy más consciente de todo, más que cuando era joven. No es que entonces no pensara tanto las cosas, que también lo hacía, sino más bien que la línea de flotación era otra. De importancia distinta. Una línea más ligera, volátil y de visión focal. 

Hoy, puede que una noche más no duerma. Pero en cuanto salga el sol, con igual convencimiento, sé que tengo de nuevo la oportunidad de ganarme el sueño de mañana. Y eso, significa que aún estoy a tiempo. Solo el día que descanse sin estar cansado, que duerma sin cerrar los ojos, ese día será tarde. Pero ese día aún no ha llegado. 

Combatiré esta nueva noche velando por todos. Reviviendo los momentos que viví. Los que quiero vivir. Y los que debí haber vivido. Y cuando finalmente sueñe, lo haré libre.

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Opinión

Dice algún proverbio que solo cuando el dolor aflora, uno siente que realmente está vivo.

Mientras llega ese instante, deambulamos en tránsito por una vida insulsa que no proporciona la perspectiva suficiente para darle la importancia que requiere tal salud desprestigiada. Siempre ocurre así. Nadie escapa a tal condición humana. Empatizamos con la sociedad, con los animales, y hasta con materia inorgánica, pero nunca lo hacemos con el tiempo. El imparable tiempo que a todos aguarda y a nadie espera. De hacerlo, valoraríamos cada instante respirado. Respetaríamos lo que hacemos ahora adorando el pasado, no temiendo al futuro incierto. Seriamos dignos felices en vida, no solo de estar vivos, sino de vivirla.

Cuando algo se pierde, nos centramos en tan solo recuperarlo. A toda costa si es posible. Cuando es entonces que deberíamos dar gracias por los momentos vividos en plenitud. Hasta por los que nos quedan.

Siempre hay tiempo para agradecer. Siempre hay más camino que andar. Pero, aunque siempre es mucho tiempo, es mejor hacerlo hoy que mañana.

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Opinión

liber

Cuando la libertad es lo único que no se tiene, todo lo demás no tiene importancia. La elección propia en cualquier ámbito, condiciona todo lo demás. Siendo así, la gran mayoría no permanece esclavo de su sometimiento y abandono, sino del eterno condicional que ruega por lo que podía haber sido y no fue. De la posibilidad infinita de un pasado irreal. Uno que siempre es mejor que el presente. 

Ciertas personas se encuentran cómodas en una situación de acatamiento de decisiones ajenas, responsabilidades eludidas y libertades coaccionadas. Ese conformismo no alberga otra cosa que la comodidad y el desentendimiento de la vida. No es un necio que viva más feliz por su ignorancia, aunque lo disimule bien. No es un maestro escapista del destino establecido, aunque parezca estar al margen. No es nada. Nada más que lo que otros quieren que sea. 

En cuanto perdemos la identidad, el deseo, los objetivos propios, o incluso todos ellos, nos perdemos a nosotros mismos. Ya no importa lo que hagamos, lo que sintamos o lo que deseábamos haber hecho, sido o sentido. Carece de importancia el ‘Y si’. Lo que no se ha hecho, no se puede volver a hacer. 

Tras comprender esto, se puede intentar entender el futuro inesperado. A menudo el destino no lo marcan nuestros actos, sino los que nunca se han llevado a cabo. Las consecuencias vienen en forma de frustración. En forma de una culpa de la que nadie puede huir ni borrar como si nada. ¿Acaso puede alguien ser culpable de algo que nunca ha pasado? Eso mismo pensaba yo.

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