Fragmento

el deseo

La contemplo secándose el pelo delante del espejo con la toalla atada a la cintura, tapando parte de su cuerpo desnudo, sugiriendo aquello que no se ve pero que sigue intuyéndose bajo el tejido. Y me pregunto tantas cosas.
Parece eterna. Es una estampa habitual, y sin embargo, no pierde esa hermosura, ese encanto  que lastima mi razón.

Su cuerpo brilla como si se hubiera rociado con polvo de estrellas. Su pelo, aún húmedo, adherido al cuello y su pecho desnudo, se apelmaza volviéndose de un rubio oscuro que no parece el suyo. Esos pechos perfectos, demasiado perfectos para dejarlos de observar y no desear tocar a cada momento. El deseo corre por mi interior como un San Fermín desbocado.
El amor, ese veneno que no nos mata pero nos deja a merced de los detalles. Del hacer por sentir, como si careciendo de ello no pudieras vivir. Haciéndonos creer libres del mundo, cuando no estamos más que atrapados en una cárcel de sinrazón. Ese amor que siempre muere de viejo, pero a menudo lo hace demasiado joven.
Cuando se da cuenta que la observo, me devuelve la mirada. Entonces ya no pienso en nada más que sus labios carnosos. Los que me susurran: “bésame, ámame y fóllame como nunca. Como solo tú sabes hacer. Hazme tuya, amor”. A partir de ese momento no pienso, soy puro instinto. Y soy feliz.

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