Fragmento

Escribo siempre en papel lo que no me atrevo a decirte en persona, y luego, llegado el momento, nunca me atrevo a entregártelo.

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Cita

Si pierdes la razón, y a la vez el corazón, puede que te encuentres a ti mismo. Entonces serás libre de pensar lo que desees y de querer lo que de verdad sientas. No importará nada más que el presente incierto que puedas vivir. Ni donde, ni con quién, ni porqué. Solo tú.

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Cita, Poético

Reclama el amor que no tienes. Ese alguien, sabes su nombre pero nunca lo pronuncias, tiene el de ambos. El suyo y el tuyo. Ese insensato, coleccionista de besos fugaces, ni siquiera recuerda tu nombre. Ni tampoco que te robó un pedazo de tu alma, tu inocencia, tu esencia. Nada. No recuerda ni tan solo que existes. En cambio, tú jamás conseguirás olvidar sus besos, su sonrisa y, a pesar de todo lo que pasó, nunca podrás borrar su existencia. Sabes que aún lo necesitas. No vives con él, pero sí de él. Alimentas tus pensamientos más profundos con el aroma de sus recuerdos, con las caricias de sus palabras marchitas. Y cuanto más crece el dolor pasado, más viva te sientes. Apenada, compungida, con el corazón esclavo de una cadena que cada día que pasa se vuelve más tensa, más asfixiante. Y sin embargo, te ata a la vida. No eres libre, pero te hace sentir viva, te hace parecer alguien normal deambulando por este mundo como una más. Aunque hace tiempo que en realidad no estás en él, no vives, solo respiras e inhalas un aire pasado que jamás volverá.

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Fragmento

Cuenta esta historia que no hubo tal historia, sino más bien una antihistoria. Ni ella lo amaba a él. Ni él esperaba que, aún saber de su existencia, sería la persona que había esperado durante tanto tiempo. Seguramente aquello fuera un error del destino. Quizá la fe de erratas al pie de página de un libro tan extenso que nadie reparó nunca en ello. Fue una extrañeza que nació de un salto en la programación de su vida, así lo hubiera denominado el peculiar consultor informático que él estaba acostumbrado a ser. Una cadena de extraños hechos, de esos que nunca ocurren, y cuando lo hacen, nadie los cree. Dos cartas en la baraja que no terminan en manos de ningún jugador. Naipes que juegan al margen desde el extrarradio del destino. Dos descartes que se encuentran cabeza abajo, abandonadas en la mesa de juego, y que, sin ser conscientes de ello, irradian una magia cautivadora.

Ella jamás debía haber existido. Un condón defectuoso con una caducidad desgastada por el paso del tiempo, fue el motivo principal. Una noche oscura entre un par de desconocidos ebrios en una playa de Levante, el móvil y el lugar. Puede que por ese motivo, ella siempre fuera demasiado sensible, preocupada en exceso, insegura. En vez de sangre por sus venas corría miedo. Oleadas de pánico que inundaba su ser. La eterna cuestión del “y si…” permanecía siempre en su boca como si nada más pudiera pronunciar. “Si eso ocurre… Y si ocurre aquello… Y si, y si, y si…”. Luego su vida hasta entonces no había sido más que eso, miedo a vivir, como si tuviera que pedir siempre permiso para ello. Su madre, María, había decidido tirarla hacia adelante haciendo caso omiso al anónimo padre de la criatura, el energúmeno que follaba bien con unas copas de más pero que después de eso, las resacas eran tan fuertes y duraderas que lo mejor que pudo hacer fue alejarse de él tanto como pudo. María desoyó hasta a sus propios familiares, y lo mismo hizo con los médicos que le aconsejaron fervientemente que desistiera en su embarazo. En honor a la verdad cabe decir que al principio, intentó el aborto natural encerrada en su habitación un par de veces. En una, se atiborró de pastillas, algo que le indujo un fuerte dolor de estómago y un desagradable lavado del mismo. Guardaba esos momentos intactos en su memoria. En otra ocasión, practicó todo aquello que las leyes de la física le desaconsejaban. Corrió como nunca, brincó, se golpeó el abdomen, subió a tantas atracciones como pudo, todo para nada. Su hija quiso nacer, y cuando lo hizo, lo hizo a lo grande, con cuatro kilos quinientos gramos y un parto natural maratoniano de quince horas. Para entonces María había dicho sí quiero, no a su pareja que hubiera sido lo normal, sino a su hermosa hija regordeta. Esa fue una exclamación que rememoró durante todos los venideros días de su vida. Alegre y convencida de la decisión que había tomado. María la quiso desde el primer instante que entendió que le había ocurrido lo más hermoso de esta vida. Fue algo inconmensurable. Equiparable a cuando su hija, crecida ya con catorce años, le vino por primera vez la menstruación, y seis meses más tarde se enteró que iba a ser abuela. La vida es bella pero también complicada. Un concepto que María entendió sobradamente.

Él fue distinto en todo, hasta incluso antes de nacer. Fue engendrado bajo un amor de niñez que sus padres se habían preocupado de cuidar y hacer crecer bajo un entorno familiar, saludable y confortable. Fue fruto de un amor verdadero, de esos que Hollywood tanto gusta idolatrar en exceso recordando al resto de la humanidad, que somos desdichados hasta en nuestras míseras aficiones de sentarnos ante el televisor. Masoquismo puro. Él fue un hijo ejemplar. Estudió siendo siempre de los primeros de su promoción. Educado, listo, simpático y cariñoso. El hijo que cualquiera hubiera deseado tener. Solo tuvo un par de leves problemas en su adolescencia. Las drogas, y su extraña afición a desafiar a la autoridad del lugar. La policía de su pueblo natal lo conocía entre el Cuerpo como el poseído. A todos les costaba creer que alguien como él, tan puesto y ejemplar, pudiera convertirse en aquel malcarado con extrañas ideas en su cabeza de larga melena rubia. Él le gustaba denominarse como anti sistema. El resto del pueblo lo conocía por un mote menos sensacionalista. El perroflauta.

Cuando ambos se encontraron por primera vez, tenían veinte años. Él se presentó como Paul y ella como un ‘no gracias, pero no’. Sin embargo, cinco años más tarde, sin ellos acordarse, en circunstancias muy distintas, volvieron a hacerlo de nuevo. Entonces ella se presentó como Ada, y él como Pol. Y empezó la magia a brillar.

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