Fragmento

Las serpientes campan a sus anchas por todo el mundo, cual demonio conquistando el paraíso. Un animal bello, mágico, con una adaptación al medio única, que ha hecho de su evolución hasta nuestros días, un mero trámite en el que decidió perder las patas para ser más ágil, feroz e imprevisible. Mata desde el primer momento que nace. Y es letal. Siempre.

Tan solo hay un continente en todo el planeta que no alberga semejante depredador. Solo uno. Quizá por ello, la primera vez que vi una serpiente en la Antártida, fue en un sueño. Una pesadilla de esas que no acaban con un mordisco venenoso, sino con una constricción exagerada que licua los huesos y exprime tu alma hasta su propia inexistencia.

A partir de entonces, oigo su cascabel a mi alrededor cuando permanezco en silencio. Diviso el rastro de las marcas por donde se ha arrastrado. Noto las caricias en mi piel de su lengua bífida. Y aún no verla, presiento que sigue ahí. Observando todos mis pasos a través de sus ojos, sin parpadear. Atenta a cualquier falso movimiento.

Sin embargo, ésta no es una historia de serpientes. Ni de sueños y miedos aterradores que acechan sin cesar. Ésta es mi historia. La historia de cómo empezó todo.

Anteprólogo de ‘Serpientes en la Antártida’ (Saga Lemnis)

Anuncios

prólogo

Minientrada